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  El día de muertos en México: conjunción de elementos
Mtra. Liliana Monroy

“Que esta gente siempre ha creído en la inmortalidad del alma más que muchas otras naciones, aunque no haya sido de tanta policía, porque creían que después de la muerte había otra vida más excelente de la cual gozaba el alma en apartándose del cuerpo”.
Fray Diego de Landa. Relación de las cosas de Yucatán. Siglo XVI

Según la creencia de la civilización mexicana antigua, cuando el individuo muere su espíritu continúa viviendo en Mictlán, lugar de residencia de las almas que han dejado la vida terrenal. Dioses benevolentes crearon este recinto ideal que nada tiene de tenebroso y es más bien tranquilo y agradable, donde las almas reposan plácidamente hasta el día, designado por la costumbre, en que retornan a sus antiguos hogares para visitar a sus parientes. Aunque durante esa visita no se ven entre sí, mutuamente ellos se sienten.

Catrina
La Catrina de Guadalupe Posadas

El festival que se convirtió en el Día de Muertos era conmemorado el noveno mes del calendario solar azteca, cerca del inicio de agosto, y era celebrado durante un mes completo. Las festividades eran presididas por la diosa, conocida como la "Dama de la muerte" (actualmente relacionada con "la Catrina", personaje de José Guadalupe Posada). Las festividades eran dedicadas a la celebración de los niños y las vidas de parientes fallecidos.


Cuando los conquistadores llegaron a América en el siglo XV, se aterraron por las prácticas paganas de los indígenas, y en un intento de convertir a los nativos americanos al catolicismo movieron la fecha del festival hacia principios de noviembre para que coincidiesen con las festividades católicas del Día de todos los Santos y Todas las Almas. El Día de Todos los Santos, el primero de Noviembre, fue inspirado por el ritual celta pagano de Samhain, el día del banquete de los muertos. Los españoles combinaron sus costumbres con el festival similar mesoamericano, creando de este modo el Día de Muertos, el cual se festeja hasta el día de hoy , entre otras, con los altares u ofrendas que cada hogar  realiza para honrar a sus propios muertos.


La ofrenda del día de muertos es la esperanza viva de convivir al menos por un día con quienes desde lejos, de un lugar muy lejano y remoto, se les permite regresar a la tierra, aquí, a esta tierra de sabores, olores, colores, sonidos y texturas... donde tienen que reaprender los sentidos y experiencias que ya no les son útiles, o al menos, compartir con nuestros elementos, aquellos que seguramente también tuvieron alguna vez como nosotros, y es nuestra forma, única posible conocida, de asegurar la comunión en la festividad.


Por eso el color amarillo de la flor de cempasúchitl, para que puedan verlo con su mínima vista, y es entonces el camino de flores la guía primera que conduce al convite en la casa, donde el altar espera su llegada. Y necesario es también reconocer el olor de la propia casa, para que se sientan a gusto, para que se identifiquen y puedan disfrutar la estancia en el lugar de sus recuerdos. Por eso se recurre al uso del somerio o incienso, que debe ser encendido desde la propia casa y fundir ambos olores, para luego ser llevado al exterior, y así evitar que se pierda en el camino que ha de traerle de vuelta al hogar. Se dice además que el olfato es el único de los sentidos que se utilizan en el más allá, y se desarrolla para facilitar el regreso guiado por el aroma de la propia vivienda, lo cual les permite  recordarles el mundo tal y como ellos lo conocieron, el mundo que abandonaron, tan lleno de materia, tan sensorial.

En la ofrenda o altar de los muertos no debe faltar la representación de los cuatro elementos primordiales de la naturaleza. Se requiere la presencia entonces de los cuatro elementos con los que todo está formado, en conjunción: Agua, tierra, viento y fuego. Ninguna ofrenda puede estar completa si falta alguno de estos elementos, y su representación simbólica es parte fundamental de la ofrenda.

Tierra, representada por sus frutos que alimentan a las ánimas con su aroma. El pan, elaborado con los productos que da la tierra, para que puedan saciar su hambre.
Viento, representado por algo que se mueva, tan ligero como el viento, empleándose generalmente papel picado o papel de china. El viento, que mueve el papel picado y de colores que adorna y da alegría a la mesa.
Agua, un recipiente para que las ánimas calmen su sed después del largo camino que recorren para llegar hasta su altar. El agua, fuente de vida, en un vaso para que al llegar puedan saciar su sed, después del largo camino recorrido
Fuego, una vela por cada alma que se recuerde y una por el alma olvidada. El fuego, que todo lo purifica, y es en forma de veladora como invocamos a nuestros difuntos al encenderla y decir su nombre.

Ofrenda
Ofrenda

En la ofrenda también se coloca sal que purifica, copal para que las ánimas se guíen por el olfato, flor de cempasúchil o zempaxochitl, que se riega desde la puerta hasta el altar para indicar el camino a las almas. Aquí, siempre hay alguno de la familia esperando la llegada de ellas para demostrarle su respeto y compañía.

Luego, presentar los manjares que se preparan especialmente es el ágape en mayor esplendor de toda la fiesta. Dependiendo de los recursos y la zona geográfica, rondan los tamales y los buñuelos, el café y el atole, los frijoles y las corundas, el mole y las enchiladas, comida que el difunto acostumbraba y "que no se te vaya a olvidar aquel guisado que tanto le gustaba a tu abuelo, ya ves que siempre se lo hemos puesto en su altar". Hay que servir los alimentos calientes, para que despidan más olor, y puedan así disfrutar del banquete.

No puede faltar la foto de la abuela, el sombrero del tío o la sonaja con la que el bebe no jugó. Calaveras de azúcar con los nombres de los convidados y calabaza en tacha, dulce típico de la época. Imágenes de santos, para que los acompañen y guíen por el buen camino de regreso.

Para los niños, dulces y fruta, para los adultos, cigarros y tequila. Para todos, la esperanza de tenerlos en la mesa una vez más, compartiendo un breve instante de tiempo, de nuestro tiempo como nosotros al fin lo conocemos...

Hablar de la muerte en otras culturas es una cuestión que frecuentemente se relaciona con la tristeza o la hechicería… pero en México, la idea de la muerte es una alegoría fantástica ya que a ésta se le percibe como una transformación, una etapa más en le desarrollo del ser humano que finalmente llegará al « descanso eterno ».

La Subdirectora del Museo nacional de Antropología, Cristina Suárez, comentó : « Algunos extranjeros se horrorizan cuando se enteran que en México se hace un banquete para que los muertos vengan a comer y cuando ven a los niños comiendo calaveras de azúcar porque no comprenden que algo tan terrorífico pueda convertirse en un festejo ».

En México no se le teme a la muerte porque más que una pena, se siente una alegría cuando llega el momento de pasar a « mejor vida ».

Finalmente esta es una celebración para recordar a los que ya se han ido y para deleitar a los vivos con los exquisitos platillos típicos de la gastronomía Mexicana.

Toda la simbología de la pasión se pone en esas mesas pero lo más importante es el color que tiene todo eso. Imagínate las flores amarillas, el pan de color café con azúcar roja, los dulces de diferentes colores y una serie de flores adicionales. Por supuesto se le ponen algunas banderitas hechos de papel de china de todos los colores que te puedas imaginar. Entre más colores, más se quiere halagar al muerto. 

 

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